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La guerra sin mesa: la vigencia de la diplomacia de los pasillos en el conflicto más tenso del siglo XXI

Cecilio Jesus Mba Mesi Akele. Departamento de Asuntos Politicos, Paz y Seguridad Comision de la Union Africana


En medio de la creciente confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, la Comunidad Internacional observa con inquietud una paradoja inquietante. Cuanto más se intensifica el conflicto, más desaparece la diplomacia visible.

No hay cumbres decisivas. No hay mesas de negociación abiertas. No hay declaraciones conjuntas que apunten a una salida. Y, sin embargo, la historia sugiere que incluso en los momentos más oscuros, la diplomacia no desaparece, simplemente cambia de forma.

“El arte de la diplomacia consiste en dejar que el otro tenga tu camino”, solía decir Henry Kissinger, uno de los arquitectos más influyentes de la política exterior del siglo XX. Su reflexión cobra hoy una vigencia inesperada.

Kissinger comprendía algo esencial. Los acuerdos más delicados raras veces nacen en escenarios públicos. Durante la Guerra Fría, muchos de los avances decisivos entre potencias rivales no se gestaron en las conferencias oficiales, sino en canales discretos, conversaciones privadas y contactos indirectos.

Ese mismo principio parece imponerse hoy.

La naturaleza del conflicto actual ha dejado a la diplomacia convencional sin margen de acción. Las posiciones públicas son demasiadas rígidas, las narrativas demasiadas polarizadas y los costos políticos de cualquier concesión demasiados altos. “El diplomático es aquel que siempre recuerda el cumpleaños de una mujer, pero nunca su edad”, ironizaba Robert Frost. Más allá del humor, la frase encierra una verdad profunda: la diplomacia requiere sutileza, adaptación y, sobre todo, manejo del tiempo y las percepciones.

Nada de eso es posible cuando cada movimiento se desarrolla bajo el escrutinio inmediato de la opinión pública global.

Frente a este bloqueo, resurgen prácticas que han definido algunos de los momentos más críticos de la historia internacional: la diplomacia de los pasillos.

“No se puede hacer política exterior solo con discursos públicos”, advertía George Kennan, estratega clave de la contención durante la Guerra Fría. Su pensamiento subrayaba la necesidad de operar en múltiples niveles, incluyendo aquellos que no son visibles.

Este tipo de diplomacia no busca resultados inmediatos ni titulares. Su objetivo es más modesto y, al mismo tiempo, más crucial: mantener abiertos los canales de comunicación incluso cuando todo lo demás falla.

En este contexto, terceros actores —potencias regionales, intermediarios discretos, incluso organizaciones no visibles— adquieren un papel determinante.

“La diplomacia es escuchar lo que el otro necesita decir, incluso cuando no puede decirlo en voz alta”, una idea frecuentemente atribuida a Dag Hammarskjöld, refleja con precisión la lógica actual.

En conflictos donde las posiciones públicas son inamovibles, las verdaderas negociaciones ocurren en espacios informales. Allí, los actores pueden explorar concesiones, enviar señales y construir confianza sin exponerse al costo político interno.

La diplomacia de los pasillos permite algo que la diplomacia tradicional ya no puede ofrecer en este conflicto: flexibilidad sin humillación.

A lo largo del siglo XX, algunos de los acuerdos más importantes —desde distensiones nucleares hasta procesos de paz— comenzaron como contactos informales, muchas veces negados por los propios gobiernos involucrados.

“No hay caminos fáciles hacia la paz”, advertía Nelson Mandela, quien entendía que incluso los conflictos más enconados requieren espacios discretos de diálogo antes de cualquier solución visible.

Hoy, esa lección resulta especialmente pertinente. La razón por la que este conflicto ha captado la atención de la opinión pública internacional no es solo su intensidad militar, sino su potencial de expansión. Las implicaciones energéticas, geopolíticas y de seguridad global son demasiado grandes para ignorarlas.

Pero también hay otro factor: la sensación de que el mundo carece, por ahora, de mecanismos eficaces para contener la escalada. En ese vacío, la diplomacia de los pasillos emerge no como una opción ideal, sino como una necesidad.

Es poco probable que el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán se resuelva mediante una gran conferencia internacional. La dinámica actual apunta hacia otra dirección: entendimientos parciales, compromisos tácitos y acuerdos que, en muchos casos, nunca serán reconocidos públicamente. Como recordaba Henry Kissinger: “La paz no es la ausencia de conflicto, sino la gestión de él”. Por lo que, esa gestión, hoy más que nunca, se está produciendo lejos de las cámaras.En los pasillos.

 

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