Benedicto Mitogo
Los guineoecuatorianos parece que no tenían ni tienen palabras para entender lo que pasó en 1968, de hecho, en Malabo, no hay una palabra que sepa definir el concepto de independencia atribuido a su amplio significado y la vivencia sabida.
Muchos en Guinea Ecuatorial sobre todo las personas de la tercera edad se preguntan a día de hoy si no habría sido mejor mantenerse bajo el dominio de los extranjeros españoles. No es que se quiera restar importancia al peso del yugo colonial, ni olvidar las limitaciones y carencias de aquella época. Sin embargo, lo cierto es que en la última década previa a la independencia la relación entre la metrópoli y la colonia había cambiado notablemente: se apreciaban mejoras en el trato social, educativo y sanitario, y muchos guineanos empezaban a sentir que podían aspirar a un futuro diferente.
La independencia se entendió entonces como una promesa de vida nueva. El pueblo esperaba erradicar lo que había sido injusto, mejorar lo que estaba dañado y perfeccionar lo que había quedado a medias. Era un sueño colectivo de dignidad, libertad y progreso. Por eso sorprende, y hasta duele, escuchar hoy a tantos mayores que vivieron aquellos años recordar con nostalgia un trato y un estatus que en su momento habían sido considerados insuficientes, pero que ahora, en comparación con lo que vino después, parecen un tiempo de mayor estabilidad.
La pregunta que emerge es dura: si los padres de la independencia hubieran sabido que este sería el resultado de su sacrificio, ¿habrían seguido adelante? Porque a veces da la sensación de que lucharon y murieron para nada. La ambición que tuvieron de querer levantar un país digno, que fuera mejor para sus hijos, acabó convertida en un territorio que a menudo parece patrimonio personal de unos pocos. Así, la gran historia de liberación se transformó en un cuento sin moraleja.
El silencio, desde la firma de la independencia en 1968, se fue instalando poco a poco en las familias. Ese silencio, transmitido de generación en generación, se convirtió en alimento amargo para millones de guineoecuatorianos. Es un silencio que todos conocemos y que todos compartimos, aunque rara vez lo digamos en voz alta. Pero hay que reconocer algo: el silencio no sana a una sociedad. Al contrario, cuando se multiplica en las familias, acaba creando silencios colectivos que pesan sobre todo el país. Y esa es nuestra verdadera vivencia, una experiencia común que no se puede ocultar para siempre.
Sin embargo, a pesar de todo, los ciudadanos no nos cansamos de esperar con esperanza. Y hoy, al acercarnos al 57º aniversario de la independencia de Guinea Ecuatorial, del año en curso 2025, surge una oportunidad. Este aniversario puede ser un tiempo de reparaciones.
Las reparaciones no se refieren solamente a las heridas del pasado, sino también a las injusticias y carencias que se mantienen vivas en las estructuras del presente. No se trata de mirar atrás con rencor, sino de reconocer a los mártires que dieron su vida porque amaban a este país. Se trata de devolver al pueblo el esplendor humano y la dignidad por la que tanto lucharon los héroes de la independencia. Se trata de hacer que la prosperidad, el bienestar y la libertad de cada guineoecuatoriano sean la prioridad absoluta de quienes hoy tienen el cuidado de la comunidad.
Una sociedad lúcida no puede vivir de espaldas a su experiencia. Tiene que mirarse al espejo, reconocer sus errores y también sus posibilidades. Guinea Ecuatorial tiene una historia difícil, pero también un pueblo valiente, trabajador y lleno de esperanza. Ese es el mayor tesoro que tenemos.
Por eso, este aniversario no debería ser solo una fecha en el calendario, sino un llamado a la acción. Un recordatorio de que el silencio no basta, de que es hora de hablar con serenidad y actuar con justicia. Que las familias puedan transmitir a sus hijos no solo recuerdos de dolor o nostalgia, sino también ejemplos de reconciliación, de prosperidad compartida y de una vida en libertad.
Al final, los héroes de la independencia soñaron con un país mejor, y ese sueño sigue vivo en el corazón de todos los guineoecuatorianos. Nos corresponde a nosotros, ciudadanos y gobernantes, transformar esa esperanza en realidad. Que la independencia no sea vista como un sacrificio inútil, sino como la semilla de un porvenir que todavía está por florecer.
No debemos engañarnos: el pueblo no es enemigo de nadie. La gente sencilla solo quiere vivir en paz, trabajar con dignidad y ver crecer a sus hijos con esperanza. Lo único que hacemos es seguir soñando con lo que ya soñaron los mártires de la independencia: un país que avance, que se transforme, que ofrezca oportunidades reales a todos sus ciudadanos.
El anhelo profundo de nuestro pueblo es simple, pero poderoso: ver crecer a Guinea hacia la mejora, y ver a las nuevas generaciones alcanzar una humanidad y un humanismo acordes con las verdaderas aspiraciones del ser humano. Salud, educación, justicia, bienestar y libertad. No pedimos lujos imposibles; pedimos lo que corresponde a la dignidad de cada persona.