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África es víctima de sus Gobiernos y presa fácil para los europeos

Benedicto Mitogo


Muchas veces no es el silencio la virtud de la prudencia, sino el abandono mismo. Ante las imágenes que llegan de las fronteras europeas, sumemos la incertidumbre de quienes atraviesan el Mediterráneo, convertidos con demasiada facilidad en objeto de disputa política, resulta difícil no preguntarse dónde está África. No la África abstracta de los discursos internacionales, ni la de las cumbres diplomáticas, sino la de sus Gobiernos, sus dirigentes y sus instituciones.

La ausencia de una respuesta política africana a la situación de sus propios ciudadanos constituye una de las mayores decepciones de nuestro tiempo.

Mientras en la ultraderecha de distintos países europeos se extiende un discurso que presenta la inmigración africana como una amenaza, a la par que determinados sectores políticos hablan de expulsiones con una ligereza que debería inquietarnos, los Gobiernos africanos parecen asistir a todo ello con una indiferencia difícil de justificar. La Unión Africana, concebida precisamente como instrumento de unidad y defensa de los intereses del continente, apenas parece capaz de hacer oír una voz reconocible cuando lo que está en juego es la dignidad de millones de africanos.

Y quizá lo más doloroso no sea únicamente la hostilidad que algunos encuentran al llegar a Europa. Lo verdaderamente desolador es comprobar que, antes de alcanzar esas fronteras, muchos de ellos ya han sido abandonados por sus propios Estados.

África posee una memoria demasiado larga para permitirse el lujo del olvido.

Durante siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus tierras y reducidos a mercancía. Después llegaron el reparto colonial, la administración extranjera de territorios, la explotación de materias primas y, tras las independencias, unas relaciones internacionales que en demasiadas ocasiones conservaron formas de dependencia bajo nuevos nombres. Sería ingenuo pretender que todo cuanto ocurre hoy puede explicarse exclusivamente por aquella historia; pero sería igualmente ingenuo afirmar que aquella historia carece de consecuencias.

Europa no puede mirar hacia África como si entre ambas orillas no existiera una historia común, compleja y profundamente desigual.

Pero África tampoco puede seguir interpretando todos sus fracasos como una consecuencia de la intervención extranjera. Esa explicación, cuando se convierte en coartada permanente, termina siendo otra forma de renunciar a la responsabilidad. Hay una parte de la tragedia africana que corresponde a sus propias élites políticas. Existen gobiernos incapaces de construir instituciones estables, dirigentes aferrados al poder, riquezas nacionales administradas en beneficio de minorías y sociedades enteras condenadas a contemplar cómo sus recursos naturales generan prosperidad en otros lugares mientras apenas modifican sus propias condiciones de vida.

He ahí una de las grandes contradicciones del continente.

África posee petróleo, gas, minerales, tierras cultivables, recursos pesqueros y una población joven cuya energía constituye, probablemente, una de sus mayores riquezas. Posee también una extraordinaria diversidad cultural y una capacidad intelectual y creativa que pocas veces ocupa el lugar que merece en la representación internacional del continente. Sin embargo, demasiados africanos continúan viviendo como si la riqueza de su tierra perteneciera siempre a alguien más.

La paradoja resulta particularmente amarga cuando se observa desde Europa.

Los recursos africanos entran en los mercados internacionales, las empresas extranjeras negocian con los Gobiernos africanos, las grandes potencias compiten por influencia económica y estratégica en el continente y, entretanto, el ciudadano africano continúa apareciendo en Europa bajo la categoría de problema migratorio.

La pregunta debería ser inevitable: ¿qué clase de relación internacional hemos construido si las riquezas de un país pueden cruzar las fronteras con absoluta libertad mientras sus habitantes son considerados indeseables cuando intentan hacerlo?

España tampoco puede sustraerse a esta reflexión. Durante generaciones, españoles de distintas regiones tuvieron que abandonar el país para buscar trabajo y dignidad fuera de sus fronteras. Emigraron a Francia, Alemania, Suiza, América Latina y otros lugares. Muchos conocieron la nostalgia, la precariedad, la incomprensión y, en ocasiones, el rechazo. Esa memoria no debería desaparecer ahora que España ocupa una posición económica y política distinta.

El Mediterráneo, además, no ha sido históricamente una muralla. Ha sido un espacio de tránsito, intercambio, conflicto, comercio y mestizaje. Por sus aguas circularon pueblos, lenguas, religiones, mercancías e ideas mucho antes de que las fronteras contemporáneas adquirieran la rigidez que hoy les atribuimos.

Quizá por eso resulta especialmente triste contemplarlo convertido en escenario de una permanente disputa sobre quién tiene derecho a cruzarlo.

Europa tiene derecho a establecer sus fronteras y a decidir sus políticas migratorias. Sería absurdo negar esa realidad. Pero una política migratoria puede ser firme sin ser deshumanizadora. El control de las fronteras no debería convertir al extranjero en una categoría moral inferior ni justificar una retórica que reduzca a personas concretas a la condición de amenaza.

Tampoco ayuda a África la complacencia de sus propios dirigentes.

Durante demasiado tiempo, algunos Gobiernos africanos han negociado con las potencias extranjeras desde una posición de debilidad, cuando no desde la pura supervivencia política. Se han entregado concesiones, recursos y oportunidades a cambio de estabilidad, reconocimiento internacional o permanencia en el poder. Y mientras las élites negocian, la población observa cómo su futuro se va al pique.

Es difícil exigir respeto para un pueblo cuando quienes se jactan en representarlo nunca han estado dispuestos a defenderlo.

La Unión Africana debería plantearse seriamente qué significa representar a África. Una organización continental no puede limitarse a emitir comunicados diplomáticos o a reunirse periódicamente mientras sus ciudadanos afrontan desplazamientos, pobreza, violencia y migración forzada. Necesita una capacidad política que permita negociar con Europa, Estados Unidos, China y las demás potencias desde una posición de mayor dignidad y autonomía.

En ese escrito, no quiero tratar de levantar un discurso contra Occidente. Tampoco de convertir a Europa en responsable de todos los males africanos. Esa simplificación sería tan injusta como la que pretende presentar al africano como una amenaza para Europa.

Se trata de algo más incómodo: reconocer responsabilidades a ambos lados.

Europa debe recordar que buena parte de su prosperidad moderna se construyó en un contexto histórico en el que África fue explotada y subordinada. África debe reconocer que sus actuales dirigentes tienen la obligación de construir Estados capaces de transformar sus recursos en bienestar colectivo.

Y ambos continentes deberían abandonar la tentación de mirarse exclusivamente desde la sospecha.

Lo que está ocurriendo en las fronteras europeas no es únicamente una cuestión migratoria. Es también el síntoma de una relación internacional que todavía no ha encontrado un equilibrio razonable entre riqueza, movilidad, soberanía y dignidad humana.

Quizá África necesite, antes que nada, volver la mirada hacia sí misma. No para culpabilizarse, sino para recuperar una confianza que parece haber perdido. Ningún continente puede aspirar a un lugar digno en el mundo si sus mejores jóvenes sienten que el único futuro posible se encuentra lejos de su propia tierra.

Y Europa, por su parte, debería preguntarse qué ha olvidado.

Ha olvidado quizá que también conoció la pobreza, el hambre, el exilio y la emigración. Ha olvidado, además, que ninguna prosperidad es eterna y que la historia no concede privilegios permanentes. Ha olvidado, sobre todo, que las sociedades que alcanzan un cierto bienestar tienen la responsabilidad de no convertir ese bienestar en una frontera moral entre quienes merecen vivir dignamente y quienes deben permanecer al otro lado.

Guillerma Mokuy fue contundente en su último libro, y que, en sus entrañas, ella sostuvo que: “Africa no es pobre, está mal explicada y poco respetada”.

Pero el respeto empieza por reconocer su capacidad, sus recursos, su inteligencia y su derecho a decidir su propio destino. Y no solo esto, también empieza por que los propios africanos exijan a sus dirigentes aquello que durante demasiado tiempo han exigido únicamente a los demás: responsabilidad, transparencia y defensa de la dignidad de sus ciudadanos.

Quizá el Mediterráneo vuelva algún día a ser lo que durante siglos fue: no una frontera de miedo, sino un espacio de encuentro.

Para que eso suceda, Europa tendrá que reconciliarse con una parte de su memoria y África tendrá que reconciliarse consigo misma.

Mientras tanto, resulta difícil contemplar el silencio de quienes gobiernan el continente sin sentir una profunda tristeza. Porque cuando un pueblo ve marchar a sus hijos, y esos hijos arriesgan la vida para alcanzar otra orilla y cuando, al llegar, descubren que allí tampoco son plenamente bienvenidos, la tragedia ya no pertenece a una frontera concreta.

Pertenece a todos.

 

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