Benedicto Mitogo
Cuando estudié con detenimiento el asesinato de Patrice Lumumba,
procuré leer todas las versiones posibles de su caída. No buscaba únicamente
comprender un hecho histórico, sino descubrir qué mecanismos sociales permiten
que un pueblo entregue a sus mejores hijos a quienes desean destruirlos. Con el
tiempo comprendí que la tragedia de Lumumba no empezó el día en que fue
ejecutado. Comenzó mucho antes, cuando fue aislado, desacreditado y señalado
por los suyos.
Esa misma lógica la he observado muy de cerca en la historia de Adjoguening.
He visto el rechazo que recibió cuando decidió dedicarse a la música, la
indiferencia de muchos familiares cuando todavía luchaba por abrirse camino, el
entusiasmo que despertó cuando alcanzó el éxito y, finalmente, el abandono que
sufrió cuando empezó su decadencia. El recorrido siempre parece el mismo:
primero el desprecio, después la admiración interesada y, por último, el
silencio.
Estas dos historias, aunque pertenecen a contextos diferentes, tienen un
denominador común. Existe una frase que se repite generación tras generación en
muchas familias africanas y, particularmente, en Guinea Ecuatorial:
“Ten cuidado con lo que dices. Ten cuidado con lo que publicas. Ten cuidado
con las decisiones que tomas.”
A simple vista parece un consejo prudente. Sin embargo, detrás de esas
palabras suele esconderse una cultura profundamente arraigada en el miedo. No
se enseña a pensar libremente, sino a sobrevivir, ni se educa para transformar
la realidad, sino para adaptarse a ella. Poco a poco, ese miedo termina
convirtiéndose en una forma de educación familiar que limita la creatividad, la
libertad y el pensamiento crítico.
No afirmo que las familias actúen con maldad consciente. Al contrario.
Muchas creen proteger a sus hijos. Pero, sin advertirlo, terminan
convirtiéndose en el primer filtro que neutraliza cualquier intento de cambio.
Antes de que aparezca el Estado, antes de que actúe la censura o la represión
política, ya ha intervenido la propia familia para convencer al joven de que
renuncie a sus ideales.
Es ahí donde comienza la primera derrota.
Durante décadas, numerosos hogares han transmitido la idea de que el mayor
triunfo posible consiste en conseguir un cargo público, obtener estabilidad
económica, construir una casa, mantener a los sobrinos y garantizar comida para
la familia. Es una aspiración comprensible en sociedades marcadas por la
pobreza y la incertidumbre. El problema aparece cuando ese modelo de éxito se
convierte en el único aceptable.
Todo aquello que no produzca dinero inmediato empieza a considerarse una
pérdida de tiempo. El arte, la filosofía, la investigación, la crítica
política, el pensamiento independiente o cualquier proyecto innovador pasan a
verse como peligros innecesarios. Quien se atreve a recorrer un camino distinto
deja de ser un soñador para convertirse en un “conflictivo”.
Así se asesinan lentamente muchas vocaciones.
No con balas.
Con miedo.
Con burlas.
Con amenazas disfrazadas de consejos.
Con frases como:
“No llames la atención.”
“No hables de política.”
“Aquí no tenemos a nadie que pueda ayudarte.”
“Que sea la última vez que opinas sobre estos asuntos...”
Cada una de estas expresiones parece insignificante por separado. Sin
embargo, repetidas durante años terminan moldeando generaciones enteras
incapaces de imaginar una realidad distinta.
La historia de Patrice Lumumba constituye uno de los ejemplos más dolorosos
de este fenómeno. Mucho antes de que las autoridades coloniales belgas acabaran
con su vida, fueron numerosos compatriotas quienes facilitaron su caída.
Algunos de sus propios colaboradores y dirigentes congoleños participaron en su
arresto, lo humillaron, lo golpearon y finalmente lo entregaron a quienes
deseaban eliminarlo. La intervención extranjera fue decisiva, pero la fractura
interna hizo posible la tragedia.
La lección es incómoda.
Ningún pueblo puede ser destruido únicamente desde fuera si antes no ha
comenzado a destruirse desde dentro.
Esa reflexión trasciende el caso de Lumumba. También explica muchas
historias individuales que nunca aparecerán en los libros de historia. Jóvenes
que abandonan sus talentos porque su familia los ridiculiza. Escritores que
dejan de escribir para evitar conflictos. Artistas que renuncian a crear por
miedo al rechazo. Intelectuales que prefieren callar para no avergonzar a los
suyos.
No son las cárceles las que producen primero el silencio. Es el comedor familiar.
En Guinea Ecuatorial, como en otros lugares de África, todavía persiste una
peligrosa confusión entre prosperidad y dignidad. Se admira con facilidad a
quien acumula riqueza, sin preguntarse cómo la obtuvo. El éxito económico suele
otorgar prestigio social incluso cuando procede del robo, de los asesinatos, de
la corrupción y el abuso o el saqueo de los recursos públicos. Mientras tanto,
quienes defienden principios, conocimiento, libertad o justicia suelen ser
considerados ingenuos o problemáticos, al fin y al cabo, dicen vulgarmente que “no
comemos ni el conocimiento ni los principios...”
Esta inversión de valores tiene consecuencias devastadoras.
Las familias terminan enseñando que es preferible obedecer sin pensar antes
que pensar sin obedecer. Poco importa la calidad moral del camino recorrido
mientras el resultado sea dinero.
Sin embargo, ninguna sociedad alcanza un verdadero desarrollo únicamente
acumulando riqueza. Las naciones progresan cuando protegen el talento, respetan
la libertad de conciencia y permiten que las nuevas generaciones cuestionen
aquello que ya no funciona. El progreso nace de las ideas antes que del dinero.
Quizá una de las mayores diferencias que percibo entre muchas sociedades
occidentales y nuestras sociedades no reside únicamente en el nivel económico,
sino en la forma de acompañar el crecimiento de los hijos. En numerosos
contextos occidentales, las familias suelen respaldar las aspiraciones
personales de sus hijos incluso cuando estas no garantizan éxito económico
inmediato hasta. Comprenden y respaldan a sus hijos hasta el extremo de
entregar la propia vida por ellos. No consienten que nadie, por mucho poder que
ostente, irrumpa en su hogar para condenarlos por sus convicciones o por
ejercer libremente su pensamiento. Antes asumirían el destino de toda la
familia que abandonar a uno de los suyos a la persecución. Saben que la dignidad, la autoestima y la libertad para
construir un proyecto de vida propio constituyen un patrimonio tan importante
como cualquier herencia material.
Nosotros, en cambio, seguimos confundiendo con demasiada frecuencia la
obediencia con el amor.
Pero amar también significa defender la libertad del otro.
Significa acompañarlo cuando piensa diferente.
Significa protegerlo cuando incomoda al poder.
Significa creer en él antes de que el resto del mundo descubra su valor.
Las familias deberían ser el primer refugio frente a la injusticia, no el
primer tribunal que condena a quien decide caminar en una dirección distinta.
Con demasiada frecuencia sucede lo contrario.
Cuando finalmente ocurre una desgracia, aparece la frase que pretende
absolver todas las responsabilidades:
“Ya le dijimos que no hiciera eso.”
Pero esa afirmación esconde una tragedia mucho mayor.
En lugar de preguntarnos por qué una persona tuvo que enfrentarse sola a
todo un sistema, preferimos justificar nuestro silencio recordando que ya la
habíamos advertido.
Así convertimos la prudencia en complicidad.
No porque compartamos necesariamente las acciones del poder, sino porque
terminamos aceptando que enfrentarse a él es una responsabilidad exclusivamente
individual.
Y no lo es.
Toda transformación histórica necesita personas valientes, pero también
comunidades capaces de sostenerlas cuando llegan las dificultades.
África ha perdido demasiados líderes, artistas, científicos, periodistas y
pensadores, no solamente por la violencia de quienes gobernaban, sino también
por la soledad en la que muchas veces los dejamos.
Así, sin advertirlo, muchas familias terminan convirtiéndose en las primeras
ejecutoras de la condena de sus propios hijos. Confunden el triunfo con la
acumulación de riqueza y la prudencia con la sumisión al miedo. Les enseñan a
sobrevivir, pero no a vivir con dignidad; a callar, pero no a pensar; a
obedecer, pero no a transformar. Y cuando una sociedad sacrifica el talento, la
libertad y el coraje en nombre de la seguridad, no solo pierde a sus mejores
hijos: renuncia también al futuro que ellos podían construir para todos.